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Reto Día 12 - Eso que la gente llama cruz

Actualizado: mar 27

“¡Qué cruz!” Y suena a queja porque hay que soportar algo que no nos gusta o que nos hace sufrir… Si el sufrimiento viene, ¿cómo me puede ayudar a #crecerxaadentro aunque me cueste?


El consejo de hoy es...

Un viernes murió Jesús. Así que hoy, que es viernes, podemos recordar que vamos camino de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Jesús comenzó cargando con la Cruz. No nos imaginamos al Señor con la cruz a cuestas y quejándose cada dos por tres: “Uff, ¿me va a tocar cargar con eso?”, “cómo pesa”, “¿falta mucho?”, “y dale”, “¡venga, otra vez al suelo!”, “¿y tú que estás mirando?”, “podrían haber limado un poquito la madera”… No. Desde que le dijo a Dios Padre “No se haga mi voluntad, sino la tuya”, todo el miedo y los dolores los superó con una palabra: Amor. Cargaba la cruz, caminaba, callaba, aguantaba los golpes, los insultos, las burlas… ¡todo! por amor a ti y a mí. Por eso, esa cruz que tiene tanto Amor se escribe con mayúscula: la Cruz, y tiene de premio llevarla contentos. San Josemaría nos lo dice muy claro en un párrafo del Via Crucis que escribió:

¡Con qué amor se abraza Jesús al leño que ha de darle muerte! ¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?

Via Crucis, 2ª Estación.


Propósito del duodécimo día

Es lógico que en esta cuarentena tengamos miedo, por nosotros o por familiares. Puede que hayas experimentado en la familia la enfermedad y las penas del coronavirus. Y todos estamos confinados en casa: no puedes salir con tus amigos y amigas, no puedes ver a tus abuelos, no puedes ir a clase, no puedes salir de tiendas, ni bailar o jugar en tu equipo. No puedes hacer muchas cosas: “¡Vaya rollo!” podrías estar diciendo a estas alturas de la cuarentena: “¡Qué cruz!”. Pero también puedes transformar tu cruz en la Cruz. ¿Cómo? Afrontar lo que no te gusta con Amor: pensando en Dios y en los demás. Y el premio será estar más alegre. Ese Amor puede comenzar hoy tirando las quejas fuera de tu casa. Fuera el “vaya rollo”, “ya está mi hermano otra vez con estas”, “qué pesada mi madre”, “cuántos deberes”, “pues hoy no me toca a mí”… y todas las quejas que descubras. ¡Fuera quejas! Verás qué cambio, en ti y en los demás, que podrán decir “¡qué maravilla!”, como comprobarás en la lectura.

Y… ¡EXTRA! Hoy a las 18:00 (hora de Roma) el Papa dará la bendición Urbi et orbi, A Roma y al mundo, con la que podrás ganar también la indulgencia plenaria. Puedes ver la noticia aquí.


Evangelio según san Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Intentaban agarrarlo, pero todavía no había llegado su hora

En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas.

Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.

Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron:

«¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene».

Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó:

«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado».

Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús

Para la lectura

San Josemaría y los demás que estaban con él refugiados en el Consulado de Honduras pasaban días muy duros: metidos en un pequeño cuarto, con poca comida y siempre con el miedo a un chivatazo que los delatase. Y aun así, con la alegría dentro.

«Esto es demasiada felicidad»

La vida en aquel cuarto del Consulado de Honduras discurría tranquila y apacible. Quienes vivían con el Padre se levantaban temprano. Pasaban por turno estricto al cuarto de baño. Luego solía darles el sacerdote la meditación, y celebraba misa. Desayunaban una taza de té. A continuación, venía la mañana, llena de trabajo.

Don Josemaría, en su papel de abuelo bondadoso, a efectos de sortear la censura, escribía a sus nietos de Madrid y Valencia, rellenando las páginas de sólidos puntos que meditar, entre bobadas y niñerías afectuosas. Después, a media mañana, el cuarto se transformaba en sala de estudio. Estudiaban o leían francés, inglés, alemán. Y el abuelo, con buen humor, para alegrar la lectura de sus hijos valencianos, a los que dirige la carta, simulaba hallarse en medio de un terrible barullo. Lo simulaba aposta, exageradamente, porque lo cierto es que a aquellos inquilinos del fondo del corredor los demás refugiados los conocían por “los del susurro”. De allí no escapaba una voz más alta que otra.

Nada: que este abuelo no os quería escribir más. Pero hoy, cuando intenté hacer algo de provecho y ya, luego de unos preliminares, iba a meterme a fondo en el primer punto de mi trabajo..., la chiquillería que padecemos se ha soltado a dar berridos y no hay paciencia humana que resista, ni cabeza que pueda concentrarse en una labor seria. ¡Ay, mi cuarto, mi cuarto, con mi soledad y con mi silencio! Los viejos necesitamos quietud: el barullo, las risotadas y los alborotos de atolondrados son incompatibles con mis años. Paciencia, ¿verdad? ¡Verdad! Para que nada me falte, me han dado unos metidos a la mesa, y otros a mi esquelética humanidad: trabaja, Mariano. ¡Que trabaje Rita! [...]

Muy monótona mi vida, peques: pero, estoy siempre a cien leguas del lugar físico donde me encuentro, resulta que apenas puedo hablar de monotonía. Charlo lo más que puedo con mi antiguo Amigo. Pienso en mi familia, quizá más de la cuenta. Tengo paz. Estoy con exterior gravedad, pero alegre. Y, con mi alegría, —los años, los recuerdos, el pensamiento de posibles peligros para mis hijos y mis nietos, y por alguna otra razón de disculpable egoísmo—, es raro el día que no lloro más de la cuenta también.

Josemaría, que está más razonable desde que le sacamos del manicomio, me persuade de que a mis criotes les va a venir muy bien, para formarse con un carácter viril, este ambiente penoso de lucha, en que se encuentran los españoles. Además, como extranjeros que son, pueden y deben permanecer extraños para evitarse la contaminación de determinados ambientes: y, bien vacunados, sin dejar nunca las Normas del médico [divino], difícil es que pierdan su salud [espiritual]: que es lo que me interesa.

Cuando me veo, a la vuelta de los años desde que formé [este] hogar [del Opus Dei], con la familia repartida por ahí, cada día más numerosa, pienso en que necesito tener un corazón más grande que el mundo. Y me excuso de mis ratos de morriña y de pueril bobaliconería (¡los niños y los viejos!), y querría abrazaros a todos con toda mi alma, como un abuelo pegajoso que soy, para que los golpes, que pudierais recibir, los recibieran las duras espaldas de este escribidor. No es extraño que, teniendo yo tantas deudas personales, me haya permitido salir fiador por todos, en estos tiempos de economía quebrantada. Y espero que se cobrará: ¡con qué alegría, si acepta —que sí—, daré hasta el último centavo!

Que estéis fuertes. Y que no os enfadéis porque el abuelo os abrace con toda su alma.

Mariano

Madrid — 30-IV-1937.

A la hora del almuerzo iban todos juntos al comedor de la mesa redonda, donde se les servía, por lo general, un poquito de pan y un plato de sopa de arroz que, en ocasiones, venía reforzada con variantes de lentejas o algarrobas. Volvían después a su cuarto para la tertulia. Leían o trabajaban.

El Padre solía acompañar un rato a la familia del Cónsul, cuya mujer estaba entonces bastante enferma. Por un tiempo acostumbraba a hacer allí la oración de la tarde y las visitas al Santísimo, hasta que decidió no dejar ya reservado al Señor en el mueble de las habitaciones del Cónsul.

Después de la cena —unas livianas sopas de pan o verdura cocida, o ensalada cruda—, rezaban el rosario, tenían otra tertulia y acababan desplegando ordenadamente las colchonetas para entregarse al sueño.

Pasar el día junto al Padre era vivir arropado en cariño y seguridad. Jamás le vieron, asegura el yerno del Cónsul, «un gesto de inquietud, o de depresión: era la persona que hacía fácil y amable la convivencia, que no planteaba problemas de ninguna clase, que nunca hizo un comentario menos positivo, ni para el gobierno rojo, ni para el blanco, ni para los bombardeos, ni para las dificultades». Hasta tal punto resultaba gozosa su compañía, aún en medio de semejantes circunstancias, que a uno de la Obra se le escapó espontáneamente lo que todos pensaban: «esto no puede continuar, es demasiada felicidad».

Fragmento de El Fundador del Opus Dei. Dios y audacia, de Andrés Vázquez de Prada.

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