• Crecer para adentro

Reto Día 3 - El apóstol moderno

Tercer día y más que se nos anuncian. Lo importante es que sigamos con el plan de #crecerxaadentro. De todas maneras, si añoras ya el hacer planes, quedar con los amigos, hablarles de sueños grandes… es que necesitas este consejo de san Josemaría.

Hay muchos modos de hacer apostolado, pero siempre debe ir acompañado de oración, como Jesús le enseñó a los doce Apóstoles. Piensa que cada una de esas horas de estudio y tiempo bien aprovechado que ya estás viviendo son de verdad oración, que prepararán muy bien el terreno. Además, cuando vayas hoy a hacer tu oración, puedes acordarte de hablarle a Jesús de todos esos amigos a los que ahora echas de menos y, quizá, aquellos que ahora te gustaría presentarle. Mientras tanto, puede que el consejo de san Josemaría de hoy te ayude a no olvidar cómo son los apóstoles modernos.

Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración.

(Camino, n. 335).


Propósito del tercer día

Un propósito que puedes sacar hoy es el de ofrecerle a Jesús todo tu estudio, también los ratos en casa que no te parecen tan divertidos y, quizá entonces, llamar a algún amigo para animarle en su cuarentena.

Aquí tienes el Evangelio de la Misa que se leerá hoy en Misa, el audio de "10 minutos con Jesús" para ayudarte a rezar y una narración estupenda del libro “Soñad y os quedaréis cortos”.


Evangelio según san Mateo 5,17-19

Quien cumpla y enseñe los mandamientos será grande

No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolirlos sino a darles su plenitud. En verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, de la Ley no pasará ni la más pequeña letra o trazo hasta que todo se cumpla. Así, el que quebrante uno solo de estos mandamientos, incluso de los más pequeños, y enseñe a los hombres a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. Por el contrario, el que los cumpla y enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús




Para la lectura te ofrecemos un breve relato de uno de los primeros miembros del Opus Dei, sacado del libro “Soñad y os quedaréis cortos”.


Pedro Casciaro, que narra en primera persona, fue uno de los primeros miembros de la Obra que no estuvo acompañando a san Josemaría en la Legación de Honduras, en aquella famosa “cuarentena” que da origen a #crecerxaadentro. A este joven estudiante valenciano la guerra lo sorprendió “en el pueblo”, de donde ya no se pudo mover durante mucho tiempo. Aquí narra cómo consiguió, gracias a la valentía de un sacerdote, seguir recibiendo la Comunión y la alegría que le produjeron las noticias de san Josemaría.


***


El día en que estalló la guerra yo me encontraba en Torrevieja. Mis padres permanecían todavía en Albacete, y de la noche a la mañana, mi padre se encontró inmerso, de repente, en una compleja situación política: era Teniente Alcalde de la ciudad y dirigente en el partido de Azaña; y a los pocos días de la sublevación militar lo eligieron como Presidente Provincial del Frente Popular, forzándolo a aceptar.


Su situación era compleja también desde el punto de vista familiar ya que, como sucedía en tantas familias españolas, en la mía había personas de distintas tendencias políticas: un tío mío era alcalde radical-socialista; otros eran concejales socialistas, republicanos moderados y monárquicos... Sus destinos fueron muy diversos a medida que se fue desarrollando el conflicto: algunos primos míos, que eran jefes y oficiales de la Armada, fueron fusilados o echados vivos al mar; otro primo mío era falangista y estuvo encarcelado en Alicante con José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange; a otro tío mío, juez de Hellín, lo procesaron por negarse a dar una pena de muerte; otro primo mío fue voluntario en las Brigadas Internacionales...


Mi padre, a pesar del cargo que ocupaba en aquella nueva coyuntura política, tan confusa y caótica, deploraba con toda el alma el dramático desarrollo que habían tomado los acontecimientos. Recuerdo su amargura el día que se supo que habían asesinado a Calvo Sotelo. Poco después, cuando comenzó la guerra, logró salvar varias vidas, especialmente de sacerdotes y religiosas. En un mueble de nuestra casa –que se conserva en un Centro del Opus Dei de la calle Diego de León– estuvo reservado el Santísimo Sacramento y mi padre quiso que ardiera siempre una lamparilla en aquella salita. Gracias a esto, el bibliotecario del Instituto –que acababa de llegar destinado a Albacete y nadie sabía que era sacerdote–, protegido por mi padre, pudo atender a muchos enfermos administrándoles el Viático.


Yo no pude participar directamente en el conflicto: cuando fui llamado a filas las autoridades militares me declararon no apto.


En las primeras semanas de la guerra se recrudeció el anticlericalismo y tuvo lugar una tremenda persecución contra la Iglesia. Recordaré únicamente una cifra, particularmente expresiva: en sólo un día, el 25 de julio, fiesta de Santiago, Patrón de España, fueron asesinados 95 eclesiásticos en todo el país. Recuerdo muy bien aquel día, porque fue el último en el que pude asistir a Misa en Torrevieja, en unos locales provisionales de la parroquia, que había sido incendiada.


A partir de entonces tuve que ir en bicicleta hasta un pueblo cercano llamado Torrelamata, donde un sacerdote seguía celebrando misa. Llegar hasta aquel lugar no era nada sencillo: necesitaba un salvoconducto, y luego...


Antes de proseguir, debo explicar lo del salvoconducto. No sé si el lector contemporáneo se hará idea exacta de hasta qué punto era imprescindible un salvoconducto en aquellas circunstancias de guerra. Era necesario llevarlo siempre consigo para realizar cualquier desplazamiento; sin salvoconducto no se podía andar por la calle; la vida entera dependía de aquel trozo de papel, firmado y sellado, que indicaba quién era uno, por qué se encontraba allí, por cuánto tiempo... y donde se aseguraba que no se era un enemigo del pueblo.


De este modo, durante algún tiempo, con mi salvoconducto en ristre, mostrándolo sin cesar en los numerosos puestos de control que había en la salida de las carreteras, lograba llegar a Torrelamata y asistir a Misa.


El párroco de aquel pueblecito era un sacerdote anciano que había regresado recientemente de México, después de muchos años de ministerio sacerdotal en ese país. Tenía gran devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, advocación mariana que yo desconocía. Lo habían llevado pocos días antes al Comité Revolucionario del pueblo, pero no se arredró: acudió en su interior con gran confianza en la Guadalupana y lo dejaron, sorprendentemente, en libertad. Poco después le prohibieron celebrar Misa. A pesar de todo, pude confesarme algunas veces con él y recibir la Comunión.


Mientras tanto nos iban llegando a Torrevieja todo tipo de noticias confusas. Muchas venían de la capital: se hablaba de miles de asesinatos en Madrid; y las cifras iban aumentando de boca en boca, creando un clima de gran desasosiego. Luego se sabrían las cifras exactas de la barbarie anticlerical que se apoderó de calles y pueblos durante aquellos meses: sólo en el mes de agosto se cometieron 2.077 asesinatos –unos 70 al día– contra sacerdotes, religiosos y religiosas. Y no faltaron los asesinatos de muchos hombres y mujeres, laicos, por el único hecho de ser católicos. Se sucedían los asesinatos y las vejaciones de sacerdotes, y yo rezaba constantemente por el Padre. ¿Qué habría sido de él? Porque en aquellas tensas y largas semanas se había interrumpido todo tipo de comunicación con Madrid.


Cerca de dos meses después recibí la primera postal del Padre ¡Qué alegría y qué paz! ¡Cuántas incertidumbres desaparecieron al leerla!

Apúntate para que te mantengamos al día

© 2020 por Crecer para adentro