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Reto Día 4 - ¡Es san José!

¡Hoy es san José! Gran Solemnidad en la Iglesia y para cada uno de los cristianos. Quizá hoy le puedas pedir a él que te ayude de modo especial a #crecerxaadentro.

San José es sin duda uno de los personajes más apasionantes de la historia de la humanidad. Fíjate la cantidad de cosas que se le confían: países enteros como Italia, Austria, Perú o Costa Rica; personas y profesiones como los padres, los carpinteros, los emigrantes… Vamos, que casi basta con decir que es patrono de la Iglesia Universal. Por eso, también san Josemaría recomendaba ponerse bajo su patrocinio. A la protección de san José le confió todo el Opus Dei y, en especial, las vocaciones. De ahí esta enseñanza y el consejo.

San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios

(Es Cristo que pasa, n. 39).


Propósito del cuarto día

Hoy es el día ideal para que nos pongamos todos bajo el patrocinio de san José, nuestro Padre y Señor, para que nos ayude a llevar con paciencia y buena cara nuestra cuarentena (es un experto en contrariedades). Además, le puedes pedir que te ayude a tratar a Jesús en la oración, pues, después de santa María, nadie trató tanto a Jesús en la tierra. Pídele que te enseñe a contarle a Jesús las cosas más ordinarias de tu día a día.

No uno, sino dos son los Evangelios que se pueden leer en la Misa de hoy. Aquí te proponemos ambos textos. También el audio de los “10 minutos con Jesús” y la sorprendente historia de la vocación de Lola Fisac.


Evangelio según san Mateo 1, 16.18-21.24

José hizo lo que le había mandado el ángel del Señor

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo.


La generación de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba desposada con José, y antes de que conviviesen se encontró con que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo.

José, su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Consideraba él estas cosas, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo:


—José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.


Al despertarse, José hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado


Evangelio según san Lucas, 2, 41-51

Tu padre y yo te buscábamos angustiados

Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre:


—Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.

Y él les dijo:


—¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?


Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.


Bajó con ellos, vino a Nazaret y les estaba sujeto.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús



Para la lectura de hoy presentamos el relato de la vocación de Lola Fisac, según lo narra la biografía de san Josemaría “El Fundador del Opus Dei”

Una vocación por carta y desde el encierro

Pedro Casciaro, que narra en primera persona, fue uno de los primeros miembros de la Obra que no estuvo acompañando a san Josemaría en la Legación de Honduras, en aquella famosa “cuarentena” que da origen a #crecerxaadentro. A este joven estudiante valenciano la guerra lo sorprendió “en el pueblo”, de donde ya no se pudo mover durante mucho tiempo. Aquí narra cómo consiguió, gracias a la valentía de un sacerdote, seguir recibiendo la Comunión y la alegría que le produjeron las noticias de san Josemaría.


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Dolores Fisac, Lola, vivía en Daimiel mientras san Josemaría estaba escondido en la Legación de Honduras, en 1937, cuando pasó su etapa del #crecerxaadentro. En esos meses, Lola se encargó de hacer llegar la correspondencia que el Fundador del Opus Dei le enviaba a su hermano Miguel. Con este cruce de cartas, acabó llegando la vocación de Lola, que entendió en un momento tan extraordinario y en el que muchos estaban confinados en sus casas —ocultos para no caer muertos—, que Dios llamaba al Opus Dei.


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Saltaba a la vista que aquella empresa necesitaba mano de obra. Y los pocos trabajadores que tenía, precisaban de cuidados. Esto lo echó de ver el Fundador desde la inmovilidad de su refugio. Como padre de familia, tenía que velar por los suyos o acudir a doña Dolores, para que atendiera a los que andaban sueltos por Madrid, sin hogar y sin una mano femenina para coserles o arreglarles la ropa. Mamá, acuérdate de que eres la abuela de mis hijos, le decía por escrito.


También era consciente de que la tempestad de la guerra le había barrido gran parte de las primeras mujeres de la Obra: Creo que me falta un nieto —mi Pepe— y no sé cuántas nietas, reflexionaba con dolor. Entre el puñado de mujeres que habían pedido la admisión en el Opus Dei solamente logró localizar a una de ellas, a Hermógenes, encargando a Isidoro que le dijese que, caso de ver ella a las otras, les pidiera oraciones; pero que no les diera su dirección, para evitarles riesgos e intranquilidades. En estas circunstancias excepcionales vino, sin embargo, una nueva vocación femenina, tramitada por correo y con censura de guerra.


Lola Fisac tenía un hermano, llamado Miguel, que siendo residente en Ferraz había pedido la admisión en la Obra. Ahora se hallaba escondido en casa de sus padres, en Daimiel, un pueblo de la Mancha. Don Josemaría le enviaba allí las cartas a través de Lola. Fue Miguel quien tomó la iniciativa de proponer a la hermana su posible vocación a la Obra. Y, luego, fue el Padre quien hizo reconsiderar a Lola esa posibilidad, insistiendo ante el Señor (Don Manuel, Manolo) para que le concediera la vocación a la Obra, como le escribe en la víspera de la fiesta de la Visitación de Nuestra Señora; agradeciéndole, de paso, los envíos de comida que hacía desde Daimiel:


Del abuelo, para Lola, desde ¡Tegucigalpa!, a 1 de julio, vísperas del santo de mi Madre. -1937.—


Muy querida peque: ¡Si vieras cómo agradezco tus reiteradas atenciones! —Nada, nada: es imposible que Manolo no haga por enamorarte, para cumplirme el deseo, cada día más eficaz, de que formes parte de mi familia.


Cree que lo espero. Y perdóname que te hable con tanta franqueza, ¡son los años..., y el cariño que, por todos vosotros, siento! Perdonado, ¿no?


Pronto accedió el Señor a su deseo, porque dos semanas más tarde le escribía el Fundador:


Nada, pequeña: encantado de llamarte nieta.


Y al mes siguiente, una vez que Lola tuvo tiempo de reposar su decisión, le escribió de nuevo:


Para mi nieta Lola


Querida peque: el abuelo, con tus obsequios, se va a dar a la gula. No te digo más. ¡Qué ricos, los “sequillos”! Se chupa los dedos... hasta Jeannot, con sus grandes narizotas doctorales.


Don Manuel... Me callo. Nada más una pregunta: ¿cómo va ese enamoramiento? Y otra: ¿de veras, de veras que le prefieres a todos, y quieres —con querer eficaz— formar parte de la familia de este abuelo?


Perdóname, peque: ¡los viejos somos tan preguntones! Además pienso que ya te habrán dicho que Mariano es amiguísimo de que le hagan confidencias: y, en particular, confidencias de Amor.

Supongo que te pondrás colorada, para contestar. Como no lo voy a ver, ¡qué importa! Además tienes un recurso: Decirme: “abuelo, a su pregunta, le respondo que sí”. Francamente, Loli, no me cabe en la cabeza que sea que no. Conque..., ya lo sabes: espero que comiencen tus confidencias.


Cuando hablo con Manolo, le recuerdo a tus papás y a toda tu familia. Esto, a diario. Pero, si te nombro a ti, siempre le digo igual: de ti depende exclusivamente hacer realidad nuestras charlas. ¡Ah!, no me olvides que en mi casa hay mucho trabajo, y trabajo duro: de piedra de sillería: es el comienzo, los cimientos. Sin embargo, también hay algo, que no se encuentra en ninguna parte: la alegría y la paz; en una palabra: la felicidad.


Vaya, acabo, por hoy. Cariñosos abrazos a tus papás, y no te olvides de tu abuelo. — Mariano.

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