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Reto Día 5 - El microscopio y la cruz

Llegamos al quinto día y ya es viernes. Seguramente tengas ganas de desconectar un poco, relajar el horario, volver a la vida normal… Si es así, pues ¡menos mal! Sin embargo, quizá el consejo de san Josemaría de hoy te ayude a ver que el Señor todavía espera verte #crecerxaadentro.

Si has estado alguna vez en un oratorio de un centro de la Obra habrás visto, en la entrada, una Cruz de palo barnizada de negro. ¿Sabes por qué está ahí? Deja que san Josemaría mismo te lo cuente y, ya de paso, te ofrezca este consejo para cuanto estés cansado.

Me preguntas: ¿por qué esa Cruz de palo? —Y copio de una carta: "Al levantar la vista del microscopio la mirada va a tropezar con la Cruz negra y vacía. Esta Cruz sin Crucificado es un símbolo. Tiene una significación que los demás no verán. Y el que, cansado, estaba a punto de abandonar la tarea, vuelve a acercar los ojos al ocular y sigue trabajando: porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella".

Camino, n. 277.


Propósito del quinto día

¿Sabías que la Iglesia dedica el viernes a la contemplación del misterio de la Cruz? Es justo el día en que Jesús dio la vida por nosotros. Quizá el propósito de hoy puede ser que tú des la vida por Él y los demás, precisamente, haciendo un esfuerzo por seguir hoy con el programa que ya tengas planteado. Es un esfuerzo grande, claro, pero ahí está la Cruz sin Crucificado, que nos espera a nosotros. Seguro que luego, en tu oración, le podrás llevar a Jesús ese regalo y le podrás hablar también del sufrimiento de tantas personas, sabiendo que tú les ayudas a aliviarlo cargando la Cruz con Él. Ya verás cómo así llegarás al fin de semana con tu merecido descanso.

El Evangelio de la Misa de hoy nos recuerda que la Cuaresma es el tiempo en que no podemos olvidar que Dios espera de nosotros, sobre todas las cosas, es nuestro amor. Te ayudará el audio de “10 minutos con Jesús” para meditar sobre esto. Para la lectura un breve relato sobre la Legación de Honduras.


Evangelio según san Marcos 12, 28-34

El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y lo amarás

Se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó:


—¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?


Jesús respondió:

—El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.


Y le dijo el escriba:


—¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.


Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo:


—No estás lejos del Reino de Dios.


Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús



Para la lectura de hoy presentamos un extracto de “El Fundador del Opus Dei” en el que se narra el final de la jornada en la Legación de Honduras.

Llegados a la cama: a soñar y sonreír

Cuando el día llegaba a su fin en la Legación de Honduras, san Josemaría le abría el corazón al beato Álvaro del Portillo. Juntos, hablaban de todas las cosas de la Obra, que era su verdadera preocupación. Y soñaban con lo que vendría, confiados en Dios. Esos sueños no les quitaban el hambre, pero sí las penas y, aunque cansados, con le ayuda del Señor se tomaban todas las penurias con buena cara.


***


Al llegar la hora de acostarse, cuando al fin se calmaba el barullo —en esta soledad, de que gozamos, tan excesivamente acompañada, como decía el abuelo—, charlaba éste con Álvaro, tumbado en la colchoneta de al lado, del “negocio familiar”. ¿Qué le decía?


Por entre los trazos, amplios y vigorosos, de una carta del abuelo a los de Valencia, corren intercalados, como por un surco, los renglones con letra menuda de Álvaro, hablando del negocio familiar:


«Nos hemos llevado un alegrón enorme con la noticia de Chiqui. ¡Qué ganas de que nos reunamos todos y, todos juntos, durante una temporada, nos desempolvemos bien! Nos vendrá, seguramente, de perillas; y quizá sea —no lo sé— necesario para emprender con bríos nuevos el negocio que el abuelo, con nosotros, tiene entre manos. Por las noches, cuando los demás están aún levantados, el abuelo y yo, tumbados en las colchonetas extendidas, charlamos sobre todas estas cosas de familia.


Verdaderamente que las circunstancias dificultarán el desarrollo del negocio. Todo serán inconvenientes. La cuestión económica, la falta de personal: todo. Sin embargo y a pesar de sus años, el abuelo no se deja llevar nunca del pesimismo. La falta de pesetas le tiene —nos tiene a todos— sin cuidado. Todo está en que se trabaje con mucho ánimo: éste y la mucha fe en el éxito todo lo vencen. Esto dice el pobre viejo. Pero lo que siente mucho —sentimiento compatible con la esperanza que le anima—, es la falta de personal. Contando con todos los de la familia, hay muy pocos, ¡qué no será, por lo tanto, si aún de esos pocos, alguno muere o queda inútil para el negocio! [...] Y desde ahora, para cuando se pueda trabajar, tener la decisión firmísima de estar muy unidos al resto de la familia y, sobre todo, a D. Manuel y al pobre abuelo. ¡Bien se lo merece! Es, además, perfectamente lógico. Sin una adhesión ciega a los que, en cualquier asunto, hacen cabeza, es imposible que se llegue a buen resultado. No os quejaréis; que, estando tan lejos, os enteráis de las conversaciones que, ya en las camas, tenemos el abuelo y yo».


Trabajos y responsabilidades eran un saludable remedio para el Fundador, que se olvidaba de sí mismo para vivir el dicho evangélico: “non veni ministrari, sed ministrare”, que libremente traducía por: no he venido a dar la lata, sino a aguantarlas.


Era responsable de seis bocas con sus correspondientes estómagos. Y, a la larga, tuvo que rendirse a la evidencia del hambre; si no por él, al menos por la gente joven que con él convivía. Venciendo su repugnancia a tratar cuestiones de comida, reconoció por fuerza el imperio del hambre en Madrid. Como pobre vergonzante, tímidamente, mendigaba alimento para los suyos. Tal es el tono de una breve nota a Isidoro: Si os fuera posible, os agradeceré que me traigáis algo de comer: porque hace hambre, en estos días. Si no es posible, no os preocupéis. Paciencia. Ya vamos acostumbrándonos.


Isidoro, que había recibido la nota anterior por medio de los hermanitos de Álvaro, que la habían sacado del Consulado, le contaba al día siguiente: «De comestibles para poder llevar estamos muy mal, pues ni fruta hay en estos días. Cuando se reciban los embutidos que anuncian de Daimiel los enviaremos [...]. El jamón que se acompaña lo ha enviado Pedro. El vino lo dan con cuentagotas». No os preocupen los comestibles, responde a esta nota. Ya apretaremos el cinturón un punto más. Por cierto: voy engordando. Creedlo.


El vino que le procuraban era muy escaso; y hubo días en que no pudo celebrar misa porque estaba avinagrado. Eso era peor que cualquier hambre: El abuelo, sería feliz, si tuviera vino, escribía a los de Valencia. No soy borracho, pero como a D. Manuel le gusta, yo quería tenerlo [...]. ¡Pobre abuelo, que no tiene vino, para su estómago enfermo! De las mil privaciones, es la que más me cuesta.


De Levante o de Daimiel enviaban, de cuando en cuando, comestibles a los de Madrid. Pero, con el rigor de los ayunos y penitencias, el abuelo se iba quedando en los huesos, aunque conllevaba su flaqueza con buen humor y optimismo, definiendo ante los nietos sus tristes carnes como: este cuarto de kilo de mojama, que es vuestro abuelo.


Sin duda, continuó enflaqueciendo porque Isidoro, que le veía con frecuencia, contaba alarmado a los de Valencia: «ha adelgazado una cosa atroz. Él lo toma a risa: es sólo la sombra de lo que era».

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