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Reto Día 6 - ¡Que haga buena cara!

Sábado. Hoy podría ser un día más, pero no: hoy no hay clases, ni siquiera virtuales. Pero es que, además, el sábado no es nunca un día más: es un día dedicado especialmente a la Virgen María. Así que buena cara porque con Ella, podemos #crecerxaadentro.

San Josemaría dedicó muchas horas a visitar pobres y enfermos “de la Virgen”, como los solía llamar, porque siempre están bajo su protección y cuidado. Le acompañaban algunos jóvenes conocidos con sus amigos y quiso que esa buena costumbre se mantuviera entre quienes acuden a los centros de la Obra. Por eso, si vas por un centro de la Obra, seguro que te habrán propuesto tomar parte en algún voluntariado. Y no siempre apetece, ¿verdad? Mira lo que san Josemaría aprendió de Luis, un universitario corpulento pero con cara de niño al que no le apetecía nada hacer lo que acabó haciendo… (En la lectura puedes leer lo que pasó, así te evito un spoiler, pero de ahí sale este punto de Camino...).

¿Verdad, Señor, que te daba consuelo grande aquella «sutileza» del hombrón-niño que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?

Camino, n. 626.


Propósito del sexto día

En este estado de alarma, acuérdate de que estás junto a los pobres, enfermos o aislados de la Virgen. “¡Jesús, que haga buena cara!”. ¡Qué oración más buena! Y qué buen propósito para poner en práctica. “¡Jesús, que haga buena cara!” al videovisitar hoy a algún enfermo por coronavirus que conozcas o a algún amigo en aislamiento, como tú. “¡Jesús, que haga buena cara!” a mis padres cuando me mandan cosas que no me apetecen. “¡Jesús, que haga buena cara!” a mis hermanas o hermanos cuando están más pesaditos. “¡Jesús, que te haga buena cara!” a ti cuando vaya a orar un ratillo a solas ante una cruz o una imagen de la Virgen. “¡Jesús, que haga buena cara!” al ver la puerta de casa y no poder salir.

En el Evangelio de la Misa de hoy, Jesús nos recuerda que una actitud importante para que Él escuche nuestra oración es reconocer… ¡que yo soy un pobre pecador! Te ayudará el audio de “10 minutos con Jesús” para meditar sobre esto. Para la lectura: la historia del “¡Jesús, que haga buena cara!”.


Evangelio según san San Lucas 18, 9-14

Este bajó a su casa justificado, y aquel no

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:


«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.


El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.


Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


Resumimos un texto de “El Fundador del Opus Dei” en el que se cuentan algunas aventurillas de san Josemaría entre los enfermos que atendía y la historia del “¡Jesús, que haga buena cara!”.

Y Luis diciendo: “¡Jesús, que haga buena cara!”

En 1931, san Josemaría comenzaba a atender a los enfermos del Hospital General de Madrid. Pronto invitó a los jóvenes que conocía a que le acompañaran. Como buenos cristianos, se fueron sumando con sus amigos a esas visitas a los enfermos y moribundos, llevando su conversación, su cariño… y ayudando como podían.


***


La Congregación de San Felipe Neri, llamada de los “Filipenses”, se ocupaba de atender a los enfermos del Hospital General. Don Josemaría se informó, consultó con su confesor y anotó jubilosamente en sus Apuntes: desde el próximo domingo, comenzaré a ejercitarme en ese hermoso oficio.


El 8 de noviembre asistió por vez primera. Hecha la distribución de los encargos, por parejas, o en grupos de tres o cuatro, se disponían a recorrer las salas que tenían señaladas, no sin antes recoger el material del depósito: toallas, jofainas, jabón, vendas, tijeras...


En las Constituciones se puntualizaba la manera de ejercitar los Filipenses sus servicios con los enfermos, que ha de ser «con mucha humildad y respeto, contemplando en cada uno la imagen viva de Cristo». También allí se señalan, por capítulos, las tareas específicas de los hermanos: «Que se hagan las camas a los pobres»; «que se tenga cuidado especial con los fatigados»; «que se laven los pies y corte el pelo y uñas a los pobres»; «que siendo necesario, se mundifiquen los vasos», etc.


En las largas horas pasadas cada día a la cabecera de los enfermos, hermanado con sus dolores, testigo de sus miserias, consolando con su presencia y borrando las miserias del alma en el sacramento de la Penitencia, don Josemaría había acabado por ver la figura amable y sufriente de Cristo trasparentada en los enfermos. Cristo y padecimientos. Y el sacerdote, otro Cristo, se identificaba con los enfermos en el dolor y en la misericordia. Sentía ansias de ver y aliviar a Cristo en los enfermos. Ansias que llevaban el corazón de don Josemaría al hospital. En una catalina de marzo de 1932 se lee: Los niños y los enfermos: Cuando escribo estas palabras —Niño, Enfermo—, siento la tentación de ponerlas con mayúscula, porque, para un alma enamorada, son Él.


Los rencores de la calle llegaban, cargados de odio, hasta aquel refugio de sufrimientos, como describe un acompañante de don Josemaría: «Era un trabajo durísimo y muy desagradecido. El ambiente anticatólico lo invadía todo y muchos enfermos nos insultaban. Nos ocupábamos de arreglarles el cabello, afeitarles, cortarles las uñas, les lavábamos y les limpiábamos las escupideras. Daba un asco horrible. Íbamos los domingos por la tarde y salíamos con náuseas».

En ese hermoso oficio, en contacto con los sufrimientos, maduraba y se enriquecía don Josemaría. Su impresión, después de pasar el primer domingo con los Filipenses, la resume en dos palabras: Quedé edificadísimo.


La ayuda material que podían prestar a tanto enfermo, en el aseo o en la higiene, representaba muy poco, ciertamente. Era considerable, en cambio, el bien que hacían a las almas, a veces con un simple gesto caritativo o con unas palabras de cristiano consuelo. Tal fue el caso conmovedor de un gitano que, tras perdonar generosamente a sus enemigos, se dispuso a reconciliarse con Cristo, porque le había llegado al alma lo que oyó hablar a algún hermano de S. Felipe, al prestar sus servicios a otros enfermos. Era un domingo de febrero de 1932 cuando uno de los hermanos fue a avisar a don Josemaría que un moribundo no quería recibir los Santos Sacramentos: Era un gitano, cosido a puñaladas en una riña —refiere el sacerdote—. Al momento, accedió a confesarse. No quería soltar mi mano y, como él no podía, quiso que pusiera la mía en su boca para besármela. Su estado era lamentable: echaba excrementos por vía oral. Daba verdadera pena. Con grandes voces dijo que juraba que no robaría más. Me pidió un Santo Cristo. No tenía, y le di un rosario. Se lo puse arrollado a la muñeca y lo besaba, diciendo frases de profundo dolor por lo que ofendió al Señor.


Después de haberle atendido, el capellán se marchó a dar una bendición litúrgica. Hasta el martes siguiente no supo de la muerte de aquel hombre; y anotó en sus Apuntes: Un muchacho, hermano de S. Felipe, ha venido a contarme que el gitano murió con muerte edificantísima, diciendo entre otras frases, al besar el Crucifijo del rosario: “Mis labios están podridos, para besarte a ti”. Y clamaba para que sus hijas le vieran y supieran que su padre era bueno. Por eso, sin duda, me dijo: “Póngame el rosario, que se vea, que se vea”. —Jesús, ya lo hice, pero te vuelvo a ofrecer esa alma, por la que ahora mismo voy a rezar un responso.


Don Josemaría arrastró a esas visitas dominicales a algunos de los jóvenes que con él se dirigían espiritualmente, como José Romeo y Adolfo Gómez Ruiz. A estos estudiantes se agregaron otros amigos y compañeros, como Pedro, el hermano de Adolfo, y un estudiante de Filosofía y Letras llamado José Manuel Doménech. Hacia las seis y media de la tarde solía acabar el recorrido de las salas y, junto con el sacerdote, se acercaban al centro de Madrid dando un paseo. Aquellos jóvenes no era gente habituada a faenas de hospital. Salían con el estómago revuelto, con olores fétidos persistentemente prendidos a la ropa y con la memoria de imágenes repulsivas de pus, llagas y miserias de toda clase. Apenas ponían los pies en la calle, más de uno vomitaba de asco. El soportar esa natural repugnancia tenía mucho de meritorio, pues en sus casas disfrutaban, por contraste, de mucha limpieza y bienestar. Tal era la condición de Luis Gordon, que iba al hospital en coche propio.


Probablemente había leído Luis lo que se dice en las Constituciones de los Filipenses. A saber: que el fin de la Congregación es la práctica de las virtudes «en cuanto conduce al consuelo, salud espiritual y corporal de los pobres, sin omitir cosa alguna, por humilde y repugnante que sea, ofreciéndose y siendo necesario mundificar los vasos, barrer y limpiar entre las camas, y otros ejercicios que la práctica advierta». Pues bien, un domingo le tocó acompañar a don Josemaría. Mientras el sacerdote atendía a un tuberculoso, pidió a Luis que le limpiase la bacina. Al verla llena de esputos se le escapó a éste un gesto de repulsión; pero se contuvo y, sin decir palabra, se fue a un cuarto de servicio, al fondo de la sala. Salió inmediatamente detrás de él don Josemaría para ayudarle. Se lo encontró en plena faena. Había echado agua del grifo en el orinal y, con la camisa arremangada hasta el codo, lo estaba limpiando con la mano, mientras decía para sí con rostro de contento: «¡Jesús, que haga buena cara!».

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