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Reto Día 7 - Yo quisiera, Señor, recibiros...

“Sin el domingo no podemos vivir” decían los primeros cristianos, porque necesitaban alimentar su vida espiritual de Jesús Eucaristía. ¿Cómo puedes vivir con el domingo… pero desde Casa y #crecerxaadentro?

El consejo de hoy es...

Cuando san Josemaría se estaba preparando para la Primera Comunión, un religioso escolapio le enseñó a rezar esta comunión espiritual antes de recibir a Jesús en la Eucaristía: “Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos”. Lo que no se imaginó nunca san Josemaría es que, siendo sacerdote, habría temporadas en las que no podría decir la Misa y ni siquiera comulgar. Entonces en el momento de la Comunión de su “misa seca” rezaba con especial cariño la comunión espiritual (en la lectura de abajo encontrarás el relato de las “Misas secas” de san Josemaría), que le ayudaba a mantenerse muy unido a Dios. De su experiencia te aconseja:

¡Qué fuente de gracias es la Comunión espiritual! —Practícala frecuentemente y tendrás más presencia de Dios y más unión con El en las obras.

Camino, n. 540.


Propósito del séptimo día

Ir a Misa el domingo en tiempos de coronavirus está difícil. A lo mejor tienes esa posibilidad: agradéceselo a Dios. Pero ¿y si no? San Josemaría recurrió a las “Misas secas”, porque en su época no había internet: abría el misal y leía la Misa del día y cuando llegaba al momento de la Comunión, rezaba la comunión espiritual. Tú, en vez de “Misa seca” puedes ir a una #misaencasa en directo a través de la pantalla. Sigues la Misa desde el lugar más bonito de tu casa; respondes, te levantas o te sientas cuando toque; de rodillas adoras a tu Dios cuando ves que el sacerdote repite “Esto es mi Cuerpo… Este es el cáliz de mi Sangre…” y, como san Josemaría, en el momento de la comunión puedes rezar la Comunión espiritual, despacio, con cariño, sabiendo que Dios está también disfrutando de ese momento. Si todos los cristianos fuéramos hoy a una #misaencasa en directo… ¡qué gran familia que somos!


Además, hoy por ser domingo, te dejamos estas palabras de san Josemaría para que te ayuden a prepararte mejor para esa #misaencasa.


Hoy en el Evangelio de la Misa Jesús cura a un ciego de nacimiento, que pasa de no ver nada… a ver y creer en el Señor. Te ayudará el audio de “10 minutos con Jesús” para meditar sobre esto. Para la lectura: el origen de las “misas secas” de san Josemaría.


Evangelio según san Juan 9, 1-41

Fue, se lavó y volvió con vista

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».


Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo».


Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo».


Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos.


Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta». Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.


Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


Para la lectura

El autor de “El Fundador del Opus Dei” nos cuenta la primera vez que san Josemaría tuvo que esconderse y lo que se ingenió para seguir tomando fuerzas de la Eucaristía, cuando no la podía celebrar.

Comuniones espirituales y… “misas secas”

Con la persecución religiosa en los años de guerra, san Josemaría tuvo que ir escondiéndose de casa en casa para que no le mataran. Eso le hacía imposible celebrar la Misa, así que encontró un modo distinto de vivir la Misa.


***


El domingo, 19 de julio de 1936, estaba el Padre con los suyos trabajando en la nueva Residencia de Ferraz 16. Desde sus balcones podían observar un creciente ir y venir de guardias y curiosos por delante de la casa. Esa parte de la calle de Ferraz no tenía edificios enfrente, sino un ensanche con vistas a la explanada del Cuartel de la Montaña, que estaba a doscientos pasos de la Residencia. A últimas horas de la tarde llegaba hasta allí la bulla de las milicias populares que, puño en alto, recorrían, con armas y banderas, el centro de la capital. Hacia las diez de la noche el Padre envió a casa a quienes vivían con sus familias en Madrid, encargándoles que le telefoneasen al llegar, para su tranquilidad. Isidoro Zorzano y José María González Barredo se quedaron con él aquella noche.


Entretanto, el cuartel permanecía cerrado tras sus altos muros, en amenazador silencio. Por la noche se oyeron a deshoras tiroteos intermitentes. Y, apenas amaneció, comenzó a notarse cierta actividad por los alrededores. Se hacían los preparativos para la toma del cuartel, que fueron precedidos de fuerte cañoneo. Los sitiados respondían a su vez con fusiles y ametralladoras. Las balas perdidas rebotaban contra la fachada de la residencia y astillaban los balcones, obligando al Padre y a los suyos a refugiarse en el sótano de la casa. A media mañana se produjo el asalto. El patio del cuartel quedó sembrado de cadáveres. Las masas de milicianos que irrumpieron en el cuartel salían armadas con fusiles, vociferando y exaltadas.


El Padre, que de meses atrás venía oyendo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores, vio llegado el momento en que llevar sotana era tentar a la divina Providencia. Más que imprudente, resultaba temerario. Dejó, pues, la sotana en su cuarto y se puso un mono azul de trabajo, que utilizaban esos días al hacer arreglos. Era pasado el mediodía cuando el Padre, Isidoro y José María González Barredo rezaron a la Santísima Virgen, se encomendaron a los Ángeles Custodios y, separadamente, salieron por la puerta de atrás. Con las prisas olvidó el sacerdote cubrirse la cabeza, cuya amplia tonsura delataba de lejos su condición clerical. Atravesó así entre grupos de milicianos que, excitados por el reciente combate, no le prestaron la menor atención.


Llegó a casa de su madre, que vivía no lejos de la Residencia. Habló por teléfono con Juan Jiménez Vargas y se cercioró de que todos sus hijos se encontraban sanos y salvos. Al sacerdote, por vez primera sin breviario, porque lo había dejado en la Residencia, le sobraba tiempo. Encendió la radio. Continuaban dando noticias, confusas y alarmantes, y la noche se presentaba larga y calurosa. Rezó rosario tras rosario. El piso estaba en lo alto de una casa de la calle Doctor Cárceles, al extremo opuesto de su cruce con la de Ferraz. Por tejados y terrazas se oían los pasos precipitados de los milicianos persiguiendo a los francotiradores, que disparaban desde las azoteas.


Don Josemaría pensó en comenzar un diario; con concisión telegráfica, porque no estaba para historias. El lunes, 20 de julio, hizo la primera anotación de aquella jornada:


Lunes, 20 —Preocupación por todos, especialmente por Ricardo. —Rezamos a la Santísima Virgen y a los Custodios. —Cerca de la una, hago la señal de la Cruz y salgo el primero. —Llego a casa de mi madre. —Hablo por teléfono con Juan. —Noticias radio. —Todos llegaron bien. —Mala noche, calor. —Tres partes del Rosario. —Sin breviario. —Las milicias en la azotea.


En sumarias pinceladas nos revela las impresiones de su alma ante los acontecimientos y la preocupación por la suerte de sus hijos, en especial por Ricardo Fernández Vallespín, a quien los sucesos le cogieron en Valencia. Ese 20 de julio, lunes, don Josemaría había dicho misa en la Residencia, sin sospechar que no volvería a celebrarla por largo tiempo. Por la cadencia de las notas de ese breve diario, que no pasó del sábado, 25 de julio, sabemos dónde tenía su pensamiento y su corazón:


Martes, 21. —Sin Misa; Miércoles, 22 —Sin celebrar; Jueves 23 —Comuniones espirituales. ¡Sin Misa!; Viernes, 24 —¡Sin Misa!


El jueves encontró un misal en la casa y empezó a decir a diario, por devoción, misas secas. Reproduciendo las ceremonias de la Santa Misa, seguía atenta y devotamente todas las oraciones litúrgicas, salvo la Consagración, por carecer de pan y vino para consagrar; y, cuando llegaba a la Comunión, hacía una comunión espiritual.


Pasados unos cuantos días consiguió refugio en un escondite vecino a la calle de Serrano, donde él, Juan Jiménez Vargas y Álvaro del Portillo pasaron tranquilamente el resto del mes de septiembre.


Allí, el Padre dirigía las meditaciones y celebraba con los suyos las “misas secas”; y para llenar las horas, porque no tenían libros que leer, se entretenían charlando, evitando caer en el ocio o en la inactividad.

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