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Reto Día 8 - Minuto heroico

¡Es lunes! Empieza la semana otra vez y con un nuevo reto . Es verdad que vale estar ya un poco cansados de la cuarentena. Pero , precisamente por eso, tus minutos pueden ser ahora de verdad heroicos. Piensa que el Señor se sirve de estos detalles para ayudarnos a #crecerxaadentro.


El consejo de hoy es...

Aunque en determinados momentos podamos olvidarlo por estar encerrados en casa todavía estamos en tiempo de Cuaresma. La Iglesia quiere que imitemos los 40 días de Jesús en el desierto para que nos preparemos para la Semana Santa y su Resurrección. Siempre nos ha recomendado hacer un poco más de oración, penitencia y limosna. En la lectura de hoy podrás leer cómo san Josemaría ofrecía sacrificios a Dios especialmente en la Legación de Honduras, durante su “cuarentena”, precisamente para desagraviar al Señor por los muchos males cometidos por los hombres. Aún así, el siempre decía que tampoco se trata de gestar heroicas e imposibles o… ¿quizá sí lo son? Mira este con este consejo de san Josemaría:

El minuto heroico. —Es la hora, en punto, de levantarte. Sin vacilación: un pensamiento sobrenatural y... ¡arriba! —El minuto heroico: ahí tienes una mortificación que fortalece tu voluntad y no debilita tu naturaleza.

Camino, n. 206.


Propósito del octavo día

Alguno podría pensar: ¿No es ya bastante penitencia estar encerrado en casa todo el día? Seguramente sí, pero también en casa podemos esforzarnos un poco para prepararnos de verdad para la Pasión del Señor. Piensa en los muchos minutos heroicos que puedes ofrecerle a Jesús a lo largo del día. Cada uno de ellos te hace, de verdad, heroico: porque te vences a ti mismo para cumplir con el querer de Dios, estando en lo que toca en cada momento. Y si cuesta, pues con más razón. El propósito de hoy sería llegar a esta noche a la cama y poder decirle a Jesús: “te ofrezco, todos esos minutos heroicos”.

Evangelio según San Juan 4, 43-54

Anda, tu hijo vive

Dos días después marchó de allí hacia Galilea. Pues Jesús mismo había dado testimonio de que a un profeta no le honran en su propia tierra. Cuando vino a Galilea, le recibieron los galileos porque habían visto todo cuanto hizo en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.


Entonces vino de nuevo a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún, el cual, al oír que Jesús venía de Judea hacia Galilea, se le acercó para rogarle que bajase y curara a su hijo, porque estaba a punto de morir. Jesús le dijo:


—Si no veis signos y prodigios, no creéis.


Le respondió el funcionario real:


—Señor, baja antes de que se muera mi hijo.


Jesús le contestó:


—Vete, tu hijo está vivo.


Aquel hombre creyó en la palabra que Jesús le dijo y se marchó.


Mientras bajaba, sus siervos le salieron al encuentro diciendo que su hijo estaba vivo. Les preguntó la hora en que empezó a mejorar. Le respondieron:


—Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre.


Entonces el padre cayó en la cuenta de que precisamente en aquella hora Jesús le había dicho: «Tu hijo está vivo». Y creyó él y toda su casa.


Este segundo signo lo hizo Jesús cuando vino de Judea a Galilea.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


Para la lectura


San Josemaría siempre predicó que las mortificaciones de un cristiano corriente, chicas y chicos de a pie, como nosotros, tenían que ser las de ofrecerle a Dios los pequeños sacrificios de cada día. Pero, en tiempos excepcionales, como los de su confinamiento en la Legación de Honduras, supo excederse en ese ofrecerle al Señor pequeños y no tan pequeños sacrificios.


Sacrificios en tiempos adversos

Al trajín del día por pasillos y vestíbulo, con discusiones y gritos, seguía el silencio de la noche. Aquel piso era, decía el Padre bromeando, una jaula de grillos, nada recomendable para su alma, que necesitaba recogimiento.


En medio de la aparente uniformidad de la jornada, la imaginación y el corazón le llevaban a tratar con Dios la situación de sus hijos. Se sentía como forastero de su cuerpo y de sus sentidos. Repasaba mentalmente la condición de cada uno: los presos, los refugiados, los escondidos y los enfermos, y aquéllos de quienes no tenía noticias. Era preciso insistir para que el Amigo [el Señor] los conservase sanos de cuerpo y alma, y para que le diese a él un corazón grande, muy grande, donde cupieran todos.


Y en carta del 1 de mayo vuelve a recordar a los de Valencia la promesa hecha el día anterior por todos los de su familia: Críos —¡pobres críos!—, ahora que sabéis que el abuelito tiene compromiso formal de pagar las deudas familiares, no vayáis a derrochar...


Al leer las cartas, ¿entenderían sus nietos lo de salir fiador por todos, en estos tiempos de economía quebrantada? Por supuesto que entendían el compromiso del sacerdote con el Señor para expiar culpas propias y ajenas, pagando por los incontables pecados que descomponían la nación española; y que estaban dispuestas sus espaldas a encajar los golpes para evitar que pudieran sufrirlos sus nietos. Porque los destinatarios leían con avidez y retenían con gusto las cartas del abuelo, como refiere Pedro Casciaro a Isidoro: «Puedo decir, exagerando un poco, que todas las suyas me las aprendo de memoria, porque aquí, tan alejado de la familia, estoy muy solo y no encuentro más calor que en sus palabras, muy expresivas. Él se queja algunas veces de dificultad en la expresión. ¡Ah! si estuviera dentro de mí... Soy, con perdón del burro, el clásico pollino que lee y que no pronuncia».


Demasiado bien sabían sus hijos en qué consistía el espíritu de penitencia, por habérselo oído al Fundador infinidad de veces; cómo aprovechar las molestias, trabajos y contrariedades de la vida corriente elevándolas al plano sobrenatural, divinizando el dolor y los sufrimientos. Poco antes de estallar la guerra civil había dejado escrito: en la prosa de los mil pequeños detalles diarios, hay poesía más que bastante para sentirse en la Cruz.


En agosto de 1936, al tener que abandonar la casa de su madre, se dio de cara por todas las esquinas de Madrid, y en los escondites en que pudo guarecerse, con los mil pequeños detalles diarios —soledad, hambre, persecución, enfermedad— con los que tejer poesía divina. Aunque no eran, realmente, tan prosaicos ni menudos. El desamparo había sido cruel y prolongado. El hambre padecida, mucha. La enfermedad en el sanatorio le había dejado en los huesos; y la persecución no había cesado. Todo ello era señal de la fuerte purificación pasiva a la que estaba sometiéndole el Señor. El Fundador, dócil y generosamente, tomaba esta Cruz a plomo, sin abandonar sus antiguas mortificaciones. Su espíritu de penitencia se orientaba a endulzar la vida del prójimo. Trataba de consolar a los afligidos, de no crear problemas de convivencia, de hacer pequeños servicios a los asilados. Procuraba no hablar de la guerra ni de sí mismo. Reprimía sin quejas el hambre. Dominaba su curiosidad. Sonreía y cultivaba el buen humor, transmitiendo a todos serenidad y alegría. Era cortés. Era puntual y ordenado. Ofrecía a Dios las privaciones y las molestias, que no eran pocas. En fin, de vez en cuando, agregaba unas disciplinas de sangre.


El Señor aceptó su ofrecimiento generoso. No solamente por el bien de los suyos sino también como desagravio por la muchedumbre de crímenes y ofensas cometidos con ocasión de la guerra. El pensar en ello le abrumaba:


Hoy, el abuelo está triste —escribe a sus nietos de Valencia—, alicaído, a pesar de la amabilidad y del cariño de mi gente; y a pesar de la paciencia heroica de mi sobrino Juanito... que no está mandón. Y es que se acuerda de su juventud, y contempla la vida actual: y le entran unas ganas enormes de portarse bien, por los que se portan mal; de hacer el Quijote, desagraviando, sufriendo, enmendando.


Y resulta que se le echan a correr el entendimiento y la voluntad (el Amor), y el Amor llega primero. Pero ¡llega tan desvalido, tan sin obras!... El abuelo está triste, porque él no acierta —viejo, sin fuerzas—, si no le ayudan, con su juventud, los nietos de su alma.


Fragmento de “El Fundador del Opus Dei” – Dios y Audacia, de Andrés Vázquez de Prada.

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