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Reto Día 9 - El perdón de Dios

Actualizado: mar 24

¿Hay algo que agrade más a Dios que recuperar la oveja perdida o abrazar al hijo pródigo? Por eso se inventó el sacramento de la penitencia y la confesión de urgencia. Porque #crecerxaadentro es también levantarse después de cada caída, aunque no haya un sacerdote a tu alcance.


El consejo de hoy es...

Te habrás preguntado alguna vez que por qué no confesarse directamente con Dios. O habrás pensado: "mejor este sacerdote, que es más simpático, o mejor el otro, que está medio sordo". Y ahora que no puedes acudir a un sacerdote… le echas de menos, ¡el que sea! ¿Ves qué bueno es Dios? Quiso a los sacerdotes para que fueran sus médicos y como los médicos… los hay de todo tipo, pero lo que más nos importa es que nos ayuden a sanar. Pues el sacerdote nunca falla: a través de cualquier sacerdote, Jesús, que es el Médico Divino, te acoge con misericordia, te escucha y perdona tus pecados (“Yo te absuelvo de tus pecados…”), te da algún consejillo y te receta la medicina infalible de la penitencia, normalmente sencilla de cumplir. Y feliz. ¿Y si no tengo un confesor al alcance? San Josemaría también se encontró en esa situación (lo verás en la lectura), pero igualmente puedes pensar en estas palabras suyas para las situaciones normales:

Me escribes que te has llegado, por fin, al confesonario, y que has probado la humillación de tener que abrir la cloaca —así dices— de tu vida ante “un hombre”. —¿Cuándo arrancarás esa vana estimación que sientes de ti mismo? Entonces, irás a la confesión gozoso de mostrarte como eres, ante “ese hombre” ungido —otro Cristo, ¡el mismo Cristo!—, que te da la absolución, el perdón de Dios.

Surco, n. 45.


Propósito del noveno día

Como ves, siempre es Jesús el que perdona: eso es lo importante. Así que ¿qué pasa ahora si no puedo encontrar un sacerdote? Hay bastantes iglesias abiertas y con confesiones con precauciones anti COVID-19, pero si no puedes… pues haz caso al Papa Francisco: “Si no encuentras un sacerdote para confesar, habla con Dios, él es tu Padre, y pídele perdón con todo el corazón, con el acto de dolor. Y prométele: «Más tarde confesaré, pero perdóname ahora». E inmediatamente volverás a la gracia de Dios”. Hoy —y cada vez que lo necesites en estos días de aislamiento— puedes hacer una buena #confesionencasa con promesa “de confesar con el sacerdote nada más pueda” y quédate muy feliz porque inmediatamente volverás a estar en amistad con Dios, sano, como el enfermo del Evangelio de hoy y podrás decir: "Dios está conmigo y yo estoy con Dios. Y cuando llegue la ocasión…"

Evangelio según san Juan 5, 1-16

Y al momento el hombre quedó sano

Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:

—¿Quieres quedar sano?


El enfermo le contestó:

—Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado.


Jesús le dice:


—Levántate, toma tu camilla y echa a andar.


Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:


—Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.


Él les contestó:


—El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”.


Ellos le preguntaron:


—¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?.


Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado. Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:


—Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.


Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Escucha aquí el audio de los 10 minutos con Jesús


Para la lectura


Estando san Josemaría refugiado en un piso durante la Guerra Civil, se presentaron unos milicianos para hacer un registro. Podían asesinarlos allí mismo, a él y a todos los que estaban con él. ¿Qué hizo el Fundador del Opus Dei en esas circunstancias en las que no había tiempo para confesar a cada uno… y tampoco podía buscar a otro sacerdote para él?

"Haced un acto de contrición…"

En el piso de Sagasta vivía el Padre muy aislado, sin otra compañía que la de Juan, pues Manolo imponía a los huéspedes su decisión de mantener a toda costa el incógnito, y no recibir visitas. Un día, suspendiendo tan excesiva reserva, Manolo les presentó a dos refugiados del piso de abajo, pero sin revelar a éstos el carácter sacerdotal de don Josemaría. Aunque no fue necesario que lo hiciese. Vista la familiaridad con que don Josemaría trataba los temas religiosos, le identificaron prontamente, que es lo que el sacerdote pretendía, por si necesitaban de su ministerio. Uno de ellos —Pedro Mª Rivas, abogado madrileño entonces, y más tarde, religioso— refiere que «se le veía en aquellos días de la guerra con gran paciencia y mucha paz de espíritu».

Gustaban los visitantes de la conversación de don Josemaría, por lo que frecuentemente subían al piso de Manolo a charlar con él. En caso de alarma los huéspedes tenían muy ensayados los pasos a dar. En cuanto se oía un timbrazo a la puerta los refugiados se retiraban hacia la escalera de servicio. Mientras tanto, Martina se preparaba a abrir, cachazudamente, sin prisas. Valiéndose de su sordera, retenía a los visitantes, sin dejar a nadie pasar de la puerta. Si era gente de peligro, la señal convenida era levantar mucho la voz, de manera que los visitantes se identificaran, dando tiempo a los huéspedes para ganar la escalera de servicio y subir a las buhardillas.

El 28 de agosto de 1936 Manolo trajo a casa un primo suyo, llamado Juan Manuel. El domingo, día 30, le pusieron, por la mañana, al corriente de las precauciones tomadas en caso de registro. Hicieron un ensayo, sin prever cuán oportuno resultaría. Pocas horas más tarde, cuando estaba Manolo fuera de casa y Martina preparando la comida, se oyeron grandes voces por la escalera, y a poco sonó el timbre. Se retiraron cautelosamente los tres —el Padre, Juan y Juan Manuel— hacia la escalera de servicio mientras Martina, con calma, se dirigía a la puerta. Los milicianos intentaban entrar diciendo que iban a hacer un registro, y Martina los retenía gritando, muy en su papel de sorda: — «Aquí no hay nadie. Soy sorda. No oigo nada».

Por la escalera de servicio subieron los tres a las buhardillas y entraron en la primera que hallaron abierta. Aquello era un espacio reducido que hacía de desván y carbonera. Andaban agachados porque la altura no daba para tenerse de pie. A primeras horas de la tarde el calor se hacía asfixiante. Sentados entre polvo, telarañas y carbonilla, se mantenían inmóviles en espera del desenlace. Cualquier ruido podía delatarles y, si eran descubiertos, lo más probable era que los fusilasen. Varias horas llevaban de espera, cuando oyeron que estaban ya registrando en el piso inmediatamente debajo de la buhardilla. El Padre, en la duda de si Juan Manuel, que llevaba escasamente dos días con ellos, se había enterado o no de que era un sacerdote, le dijo: — Soy sacerdote. Y luego, dirigiéndose a ambos, a Juan y a Juan Manuel: — Estamos en momentos difíciles, si queréis, haced un acto de contrición y yo os doy la absolución.

Recibió Juan Manuel la absolución. Instante que dominó todos sus recuerdos de aquella época: — «No he podido olvidar mi encuentro con don Josemaría, ya que todos pensamos que eran los últimos momentos de nuestra vida [...]. Supuso mucha valentía decirme que era sacerdote, ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo».

Apenas recibida la absolución, preguntaba Juan al Padre:

—Y si nos cogen, ¿qué ocurrirá?

Pues, hijo mío, que nos vamos derechos al Cielo.

Aquí, en sus memorias, hace Juan una importante digresión sobre la imprecisa cualidad de su miedo, aclarando que no era, específicamente, el temor a ser fusilado, sino que experimentaba una sensación incierta, que no le robaba la paz. «Con el Padre allí estaba seguro de que no había nada que temer, y para contribuir al ambiente de seguridad —nos explica— a las tres de la tarde me dormí un rato».

Mientras, entregado a tan altruistas propósitos dormía a pierna suelta, los milicianos registraban concienzudamente la casa: de arriba abajo y de abajo a arriba. Tan a fondo, que no tuvieron tiempo de llegar a las últimas buhardillas. Hacia las nueve de la noche cesaron, por fin, los ruidos. Cautelosamente bajaron los tres por la escalera y llamaron a la puerta de servicio del cuarto piso, izquierda, casa de los condes de Leyva. Les abrieron. Venían sudorosos, sedientos y tiznados de polvo y carbonilla. Pidieron un vaso de agua. Allí les contaron que Manolo había vuelto a casa en pleno registro y se lo habían llevado detenido, cerrando el piso con llave.

Les ofrecieron unas camisas del conde, que estaba en la cárcel, mientras les lavaban las suyas. Generosamente les invitaron a quedarse en el piso, pues era de esperar que por un tiempo no hubiera nuevos registros. Se equivocaron. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, ya estaban de nuevo los milicianos sobre la pista, continuando meticulosamente el suspendido registro de la víspera. Entraron en el piso de al lado, el cuarto derecha, y en el de abajo. «A ratos —cuenta Mercedes, hija del conde de Leyva— pasábamos un miedo horroroso, pero el Padre —de todas formas— conservaba el buen humor, haciéndonos reír muchísimo, aunque pensaba mucho en los suyos». En una de esas ocasiones de peligro la condesa propuso rezar el Rosario.


Rápidamente intervino el Padre: Lo llevaré yo, que soy sacerdote. En vista de la persistencia en los registros de aquella zona, se vieron obligados a cambiar de refugio.


Fragmento de “El Fundador del Opus Dei” – Dios y Audacia, de Andrés Vázquez de Prada.

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